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Relato Travesti Travesti venezolana de la calle en Elche


RELATO TRAVESTI ESPAÑA: Travesti venezolana de la calle en Elche

Andrea o Alejandra no es una diva. Es una chic@ de penumbra, una crossdresser venezolana que aún no ahorró lo suficiente para ponerse tetas. Pero que posee un indudable don: el de parecer una fémina arrabalera y puta como la que más. La fantasía de los perversos a los que dirige su publicidad gratuita.


Me chocó su anuncio de travesti en Loquo (que ya no recuerdo) y la población en la que prestaba servicios: Elche. Imaginé que al ser una ciudad pequeña, sus travas no tendrían los vicios de las divas consagradas. Estoy hastiado de rameras de diseño que creen que exhibir su imagen es ya todo el servicio que tienen que dar. La llamé y me dio los datos del callejón oscuro en el que se ponía. Penumbra y bajo coste, lo más alejado de la diva. La voz, femenina.

Una noche de agosto en la que los astros habían espesado mi cerebro más de la cuenta mi coche me llevó a Elche. Al llegar la llamé y después de perderme varias veces en esa ciudad cuyo trazado desconocía. Llegué a las callejas que bordean la Estación. En la acera, una travesti de hombros anchos de pie y más allá otra sentada en un pollete, apenas visible. Era la segunda. Una muchach@ joven, de cuerpo menudo, con minifalda y piernas delgadas algo musculosas. Como las adolescentes que practican ballet, medias con agujeros como las que llevan las niñas rebeldes y un sostencillo que anunciaba unos pechos escasos. Rubia de media melena revuelta. Me confirmó que era ella y no dudé.

Por consiguiente subió al asiento del copiloto y me llevó al iluminado aparcamiento de la Estación para, ignoro cómo, permitirme que hiciera lo que quisiera con su cuerpo. Yo estaba confuso, soy un hombre decente y respetable. Así que soy incapaz de practicar sexo en el interior de un vehículo. Por más INRI aparcado en un amplio recinto plagado de farolas encendidas y rodeado de edificios habitados por familias tan decentes como yo.


No sabía cómo encontrar una alternativa a aquel bochorno que me proponía Alejandra. Para ganar tiempo, le pedí que me enseñara el culo. No se extrañó, se giró y se levantó la faldita: dos nalgas redondeadas, de mujer bien formada. Me excité de tal manera que ya no podía renunciar a penetrarla por donde buenamente pudiera. Fue ella quien me ofreció la alternativa: "Podemos ir a mi casa". No estaba yo para comprensiones, pero el deseo era muy fuerte. Acepté renegando.


Atravesamos Elche ante algunas miradas de curiosidad de viandantes y de otros y otras conductoras. Fuimos seguidos por una adolescente morbosa. Después de diez o quince minutos de nervios llegamos a su piso, un bloque de viviendas humildes en las inmediaciones del Polígono Industrial Carrús. Le pedí que se apeara y fuera delante. Se descalzó y caminó por la acera con un zapato en cada mano. La suya era entonces una figura llena de morbo, provocadora, sensual.

La seguí a distancia, aunque nadie me miró. En la escalera no me tropecé con ningún vecino. El piso tenía la puerta entreabierta y cuando entré y cerré, la vi dar vueltas de aquí para allá, descalza. Me indicó dónde estaba el dormitorio, pero yo en lugar de obedecer la seguí por el piso. Mirándola con descaro: era la manera civilizada de hacer lo que en aquel momento deseaba con intensidad, violarla.

Ya en su cama nos desnudamos y le pedí que me chupara. Su rabo era negro (como todos los que hasta ahora he visto) y fláccido. Le dije que era mi onceavo travesti y que yo no era pasivo. Me chupó con condón, despacio y con suavidad. Mientras lo hacía practiqué algunas guarradas, como tocar su nabo hasta agrandarlo o meter dos dedos en su esfínter (cabían más), cosa que me dio asco por el tacto, aunque me excitaba la dilatación de su agujero. Cuando sentí que podía terminar enseguida, le dije que quería follarla. Entonces le solté el piropo. No recuerdo la finura exacta, pero era algo así como que me gustaba lo puta que era.


En qué hora. Le gustó, no cabe duda. Fue un cumplido por mi parte, al fin y al cabo aquel atributo, la putez, formaba parte de su anuncio de Loquo. Pero decírselo fue el detonante para que ella se sintiera obligada a demostrar lo estupendamente puta que podía llegar a ser. Mientras se la metía, yo de pie al borde la cama y ella de rodillas. Para que le entrase en diagonal hacia abajo. Como he leído que les hace sentir con más intensidad. Pero ella comenzó a gritar, con un tono de voz desagradablemente masculino (perdió el control, estaba claro) que era mi puta, que me follara a mi puta y cosas así.


Si lo hubiera dicho lloriqueando con vocecita de niña tonta. Yo me habría sentido el sádico malo que a veces me gustaría ser y me habría corrido la mar de a gusto. Pero aquel vozarrón machote diciendo una frase tan artificial. Bueno, menos mal que había tomado suficiente carrerilla como para eyacular sin problemas. Me corrí y me gustó, a pesar de la banda sonora.


El balance no fue malo, aunque ya al final, con la luz encendida, descubrí que al quitarse el sostén se le habían perdido las tetas. En resumen, creo que reeducándola, pidiéndole que cuide el tono de voz cuando le toque el papel de masoca, la cosa tiene arreglo y la chica puede ser una buena ladyboy.

En todo caso, tengo la fantasía de la repetición.






Publicado el January 31, 2018 at 12:00 am

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